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El Viaje

El inicio de un viaje no es cuando haces la maleta, preparas tus pasajes, tomas tus ahorros y abordas el avión, el tren, el autobús o el carro. Las travesías comienzan en el momento que las imaginas, se originan justo en el instante que uno visualiza un destino, una aventura o una experiencia. Después de eso hay muchos factores que facilitan o complican esa sucesión de esas ideas. Sin embargo nunca se olvida la primera vez que se piensa en ese sueño, ese lugar o evento al que uno anhela llegar sin importar si está cerca o está lejos o si tarda un año o veinte en cumplirlo. El objetivo, siempre está ahí como un gigante que te llama, que te anima a querer conocerlo algún día.

En 1994, específicamente en el verano de aquel año, un niño corre por las calles de la Ciudad de México, se traslada a toda prisa y con todas sus fuerzas, con la urgencia de no querer llegar tarde al lugar donde se dirige. Es un viernes caluroso de finales de ciclo escolar y como cada semana, desde que este pequeño tiene memoria, tiene que atravesar el tianguis de casi seis cuadras para poder salir de la zona de su escuela. Él intenta esquivar gente, huacales, diableros, marchantes y cuánta cosa se le atraviesa. El apremio le hace olvidar, por momentos, el peso de su mochila, que en ese tiempo es considerablemente alto. 

Aquel niño corre con todas sus fuerzas, con el puño apretado; constantemente revisa su reloj con la intención de ganarle al tiempo y así poder llegar lo más pronto posible. Se nota el esfuerzo en su rostro, sus mejillas empiezan a enrojecer, pero no disminuye su marcha, él aprieta el paso tanto y, por momentos, corre con los ojos cerrados. La emoción lo invade a cada paso y siente cómo la adrenalina recorre cada fibra de su cuerpo. 

Este chico que se despeina a consecuencia de la carrera, ha descubierto la emoción que provoca ver una Copa del Mundo y ahora va a toda prisa porque es la primera ocasión que puede ver a la Selección Mexicana en un partido del torneo más importante del balompié mundial. Estos juegos de Estados Unidos 1994 son sus primeros acercamientos con el futbol, con su magia y con las emociones que genera el deporte más lindo del mundo.

Agitado y cansado llega a casa, sin tomar respiro y de una prende la televisión. En la pantalla están las imágenes de los jugadores mexicanos entonando el himno nacional, en cuanto escucha esas notas su cuerpo se estremece desde la punta del pie hasta la última fibra de su cabello. México se enfrenta a la República de Irlanda, en ese encuentro grita como propios los dos goles de Luis García con los que el Tri consigue su primera victoria, en muchos años, fuera de casa en un Mundial. En esos instantes siente, por primera vez lo que genera la selección en él, ese sentimiento de pertenencia, de arraigo, de identidad que muchas veces es complicado de explicar. En el instante del silbatazo final percibe la alegría que esa victoria genera en el ambiente, una sensación de felicidad y de emoción que nunca había experimentado, ahí cae totalmente impresionado por el color, la euforia y el júbilo que se desata en el país.

No solo son los puntos de la victoria y la sensación de poder jugar de tú a tú a cualquier selección del mundo es, también, los sentimientos que le genera al ver que, más allá de la distancia, la afición mexicana abarrota el estadio en Orlando y hace fiesta en todo el país. La celebración, el verde de las tribunas, las porras y la alegría que se transmiten por la televisión son tan grandes que él quiere estar ahí. A partir de ese instante él dibuja un objetivo en su mente, se propone esa meta: Ver a la Selección Nacional Mexicana en una Copa del Mundo.

Con el pasar del tiempo ese sueño lo acompaña, lo impulsa y lo motiva todos los días. Mundial tras Mundial desea realizar ese sueño, quiere estar ahí, en la sede del torneo para apoyar, para saber qué se siente estar en un estadio lejos de casa y alentar al equipo de todos. Cada edición mundialista añora conocer ese sentimiento, pero por circunstancias de la vida ese ideal se resiste a cumplirse. Sin embargo con mucho esfuerzo y después de algunos años la oportunidad le llega a ese chico. Ahora como adulto que no ceja en el empeño, ni en el deseo de cumplir la meta, está ante la oportunidad de hacer su sueño realidad.

Veintidós de noviembre de 2022 en el estadio 974 se marca una fecha en la vida de aquel niño que corría por la calle, este día es la presentación de la Selección Mexicana en la Copa del Mundo de Qatar y es el debut de ese chico como aficionado en la cita más grande del futbol en el planeta.

Esta tarde Catarí se viste en tonos claros y cálidos, la tranquilidad que se respira en las puestas de sol de este punto del continente asiático contrasta con el colorido y la explosión de sonidos que los aficionados mexicanos transportan por cada lugar en el que se presentan. Sombreros de charro, mariachis, catrinas, luchadores, todo se vale para destacarse como un embajador de la cultura y folclor mexicano. Los mexicanos son sinónimo de fiesta y esta tarde-noche no es la excepción, como lo dice el cántico de la parcialidad tricolor: Somos locales otra vez.

Paso a paso, metro a metro, centímetro a centímetro las sensaciones de este chico van en aumento. Cada momento que se acerca al estadio ve más mexicanos que lo invitan a la fiesta, a cantar, a brincar y a ser parte de una ola verde que va inundando las inmediaciones de la zona de Ras Abu Aboud. Con el corazón palpitando como una locomotora este chico se acerca de forma inminente al partido siete del mundial, en el tercer día de actividades dentro de la competencia. Este es el inicio de la aventura y es el principio de la culminación de un sueño que por varios ciclos mundialistas parecía lejano.

El ensordecedor ambiente que precede la salida de los equipos en partidos de esta índole es indescriptible, en ese momento todas las emociones se le vienen juntas, le inundan como una oleada que quiere dominar para no ser presa de cada una de ellas. Nadie está preparado para ese momento; aquel chico lo había imaginado, lo había soñado, pero nada se compara con la sensación, la de estar en un juego a más de 17 mil kilómetros lejos de casa. Todavía no lo puede creer, le da una vuelta con la vista al inmueble, está abarrotado, mexicanos en toda la gradería y él uno de ellos. La piel se le eriza, los gritos de la gente lo electrifican, cierra los ojos, escucha el himno de la FIFA y una lágrima escapaba de su ojo, recorre su mejilla y cae en el escudo de su camiseta verde.

En ese momento cae en cuenta cómo todo empezó con un sueño, que se convirtió en un deseo y con mucho, mucho esfuerzo está por hacerse realidad. Él piensa que en esa noche, en esa butaca no está solo, se encuentra con su familia, sus amigos y toda esa gente que lo apoya para que por primera vez, esté a punto de ver un juego de México en la Copa del Mundo. Agradece a quienes lo acompañan y a quienes siempre lo han alentado.

Por primera vez, de forma genuina no le importa mucho el resultado, lo importante es disfrutar el encuentro junto las personas que lo conocen en México y los miles de paisanos que están en la cancha alentando. Para él la victoria es el sueño cumplido.

Así que si ven a ese niño corriendo por el tianguis díganle que siga con ese empeño que llegará a ver su primer juego de México en el Mundial por la TV, pero díganle también, que unos años después con mucho empeño, trabajo, dedicación, sacrificio y con ayuda de sus amigos y familia llegará a ver a México en un juego en el Mundial y que será una experiencia y que nunca lo podrá olvidar.




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